Adaptación de Tío Vania, de Antón Chéjov, proyecto que completa una trilogía del grupo sobre el autor ruso. La puesta de Darío Levin y Adrien Vanneuville se sitúa en un espacio no convencional: una vieja carpintería ubicada en una zona semi-rural de la Comarca Andina, región donde el grupo reside. Esta propuesta borra la división y distribución habitual entre escenario y platea. Desde esa intimidad, el material chejoviano es interpelado por la geografía en la que se emplaza: la nieve, el frío, el campo y el horizonte que culmina en las montañas. Teatro Casero investiga escénicamente de qué modo, con qué resonancias, con qué modulaciones nos interroga Chéjov, hoy, en la Comarca Andina.

gallery/los-gansos-graznan-un-rato

Ficha artística

 

Adaptación de "Tío Vania" de Antón Chéjov.

Actuación: Guido Arena / Darío Levin / Kevin Orellanes / Silvina Orlando / Marta Roger / Adrien Vanneuville / Cecilia Ventuala.

Dirección: Darío Levin / Adrien Vanneuville

Asistencia de dirección: Virginia Bernasconi

Asesoramiento artístico: Pablo Seijo

Movimiento y dispositivo escénico: Cristian De Campos Morais

Iluminación: Braian Mustafá / Juliana Benedicti

Vestuario: Camila Mery

Producción: Teatro Cervantes - Teatro Nacional Argentino / Teatro Casero

 

 

Trayectoria

 

Realiza dos funciones semanales durante el invierno de 2017 (alcanzando 24 presentaciones ininterrumpidas en dos meses).

♦ Participó de la Fiesta Provincial de Teatro de Río Negro (Río Colorado 2017) y del Circuito Nacional del Teatro, ambos organizados por el Instituto Nacional del Teatro.

♦ En la Fiesta Provincial de Teatro de Río Negro obtiene el reconocmiento por actuación masculina para Darío Levin y el tercer lugar para representar a la provincia en la Fiesta Nacional.

♦ Es seleccionado para el Catálogo de Espectáculos del Programa INT Presenta 2018/2019 del Instituto Nacional del Teatro.

gallery/logo tc-tna produce en el pais

Prensa

gallery/nota-la-nacion-los-gansos

LAGO PUELO. "Bienvenidos a Teatro Casero", dice un personaje que oficia de peón de campo de una historia rusa escrita en 1899 que se presenta a pocos kilómetros de Lago Puelo, provincia de Chubut.

La temperatura es de siete grados. En el valle, llovizna. En el alto de las montañas, nieva. Está por comenzar Los gansos graznan un rato y se callan. En esta versión de Tío Vania, de Antón Chéjov, los gansos se callan. Pero acá, en medio del paisaje cordillerano de la Comarca Andina, los dos perros (Palermo y Bollywood) y las bandurrias, pájaros de la zona, muy pocas veces se quedan en silencio.

En un viejo ex aserradero funciona la Compañía Teatro Casero. El Taller Mandarina, así se llama, es una casona de madera con grandes ventanales hacia las dos cadenas montañosas cubiertas de nieve, coníferas, abedules, frutales de todo tipo y álamos. La salamandra está encendida. Los espectadores, entran 35, van llegando al lugar como si se tratara (en verdad, se trata) de una ceremonia íntima. Sobre el piso del aserradero van quedando huellas del barro que Sonia (personaje interpretado por Marta Roger) barre con obsesiva atención. Cuando la acción se inicia, todos se ubican alrededor del piano que toca el francés Adrien Vanneuville y cantan un tema de José Luis Perales cuyo personaje ve la mañana vestirse de gris.

Hoy -viernes de la semana pasada- el cielo está gris. A 1710 kilómetros tiene lugar otro estreno producido, como éste, por el Teatro Nacional Cervantes. En plena ciudad de Buenos Aires llueve. Es la primera función de los dos textos de Copi según Marcial Di Fonzo Bo. Allí, según las fotos que se van subiendo a las redes, hay muchos famosos, imágenes de Benjamín Acuña como Evita, de los directivos del Cervantes y un hall cubierto de periodistas y actores. Acá, la foto es otra. No hay cámaras de televisión, ni están los directivos del Cervantes, ni ningún integrante de las fuerzas vivas de la Comarca, ni famosos. A 220 kilómetros del lugar, en Villa La Angostura, se está presentando TiemVla (teatro volcánico), otra de las producciones del ciclo El Cervantes en el país. Mientras todas esas acciones despliegan sus ritos, el público que llega al aserradero se va ubicando en las gradas en un atractivo desfile de pulóveres de lana, zapatos con huellas de barro, largas bufandas y gorros multiétnicos.

Para los integrantes de Teatro Casero se trata del tercer montaje basado en textos de Chéjov en los tres años de vida del grupo. El primero fue Ensayo ruso, sobre Pedido de mano. El segundo, Amoroso, a partir de El oso. Dirán, en tono de broma y ronda de mate la tarde antes del estreno, que hacen Chéjov porque era el único libro que tenían en la biblioteca (no es cierto, sobre los estantes de madera hay muchos más). Reconocen que más allá de los temas universales que aborda Tío Vania (el amor, un proletariado creciente, la desesperanza) sienten que la trama interpela la realidad patagónica y que ese aspecto no necesariamente tiene que ver con lo evidente: el frío, el campo, la nieve o el clima de mansedumbre.

Aquella historia estrenada en 1900 interroga a la actualidad con tanta organicidad interna como lo hace el paisaje en su juego con el interior de la sala. El juego entre lo lejano y lo próximo es constante en esta sugestiva puesta que tiene escenas de movimiento grupal muy logradas, algunas actuaciones verdaderamente notables por la concentración y expansión que logran los intérpretes, un diseño lumínico de sumo rigor y ciertos quiebres y pasajes musicales que profundizan el estado de una intensa calma a punto de estallar.

Para un porteño, a la atmósfera chejoviana atravesada por el paisaje andino habría que sumarle la atmósfera hippie que ronda el imaginario de El Bolsón, el pueblo ubicado a pocos kilómetros de aquí pasando el Paralelo 42 y ya en tierras de Río Negro. Los integrantes de Teatro Casero saben de aquello por cuentos que se repiten de generación en generación. El déjà vu de aquellos tiempos setentosos está latente y aparece en formas insólitas: en una bar de El Bolsón la contraseña para Wi-Fi es "dialoguemos". En el verano pasado, la Comarca se alzó frente a un polémico emprendimiento del magnate británico Joe Lewis, amigo del Presidente. La histórica marcha que se hizo en El Bolsón coincidió con el día de la diversidad sexual. "Esa tarde coincidieron los paisanos con sus caballos, los mapuches y las familias de la zona defendiendo las tierras junto a las carrozas de las travestis en un aquelarre hermosísimo de diversidad real", recuerda el actor y clown Darío Levin. Seguramente, Astrov, papel a cargo de Guido Arena, hubiera estado ahí porque, como reconoce Sonia, es un defensor de los bosques.

Guido, como el resto de los diez integrantes del grupo, llegó a la zona buscando otros horizontes. Tres de ellos vienen de otros países (Venezuela, Francia y Chile) y sólo una es patagónica (nació en Viedma). Adrien Vanneuville, el francés que codirige Los gansos..., llegó a América del Sur hace diez años para hacer teatro callejero. Levin, el otro director, dejó Buenos Aires hace tres años porque quería cambiar de condiciones de producción escénica, probarse en una escala social más reducida e indagar otras poéticas. Levin ya está acostumbrado a los cambios: de joven descartó toda posibilidad de ser médico cuando vio una obra de El Clú del Claun y decidió estudiar teatro. Acá dejó de lado su faceta clownesca y todos los sábados y domingos es Vania.

Ensayo ruso, primera producción, ya tuvo alrededor de 80 funciones. Amoroso, la segunda, 40 (todo un número para lo que implica el circuito de producción en el interior). Las tres obras fueron pensadas para esta vieja carpintería. La primera se hacía en una casa que está en el mismo terreno del aserradero en donde vive Darío. Antes de comenzar circulaba un mate. Algunos fines de semana presentaron las dos obras seguidas. Antes de comenzar Amoroso circulaban unos vinos. Ambas lograron lo que no imaginaban: tener un público propio, hacer giras, ser programadas por festivales. En ese recorrido por rutas argentinas se dieron cuenta de que esos textos y sus resonancias locales entraban en diálogo con otras realidades geográficas y políticas.

En la ciudad de Tucumán, montaron Ensayo ruso en una casa humilde del suburbio. Dicen que eso fue una especie de "Chéjov del Tercer Mundo". En El Calafate lo hicieron en una pulpería. Unos de los actores llegaba a caballo. En Viedma fue en la misma ciudad. En Río Colorado lo hicieron en un casco de estancia.

Ahora termina la función de Los gansos graznan un rato y se callan. Vienen los aplausos, luego llegan los abrazos y el estado de emoción va adquiriendo otras formas. Los dos perros ladran. Aunque afuera hace cuatro grados, acá hace calor. Alrededor de una mesa chejoviana, los integrantes de Teatro Casero sirven un vino orgánico creado en la Comarca. Se llama "Sólo el amor salvará al mundo".

Los que no se callan

Los actores de Los gansos graznan un rato y se callan son Guido Arena, Darío Levin, Kevin Orellanes, Silvina Orlando, Marta Roger, Adrien Vanneuville y Cecilia Ventuala. La versión y la dirección es de Levin y Vanneuville. Con iluminación de Braian Mustafá y vestuario de Camila Mery. El movimiento escénico es un diseño de Cristian De Campos Morais. El encargado de la producción local es Gustavo González Bazón y de la producción del Cervantes, Dora Milea.

Dicen que Antón Chéjov no daba puntada sin hilo en sus escritos, tanto que dio origen a una regla que lleva su nombre: “El arma de Chéjov” dice que un autor no debe nunca poner un rifle cargado en el escenario de su obra si no piensa usarlo. En “Los gansos graznan un rato y se callan” que se presentó el sábado pasado en Areco esa fórmula se cumple al dedillo.


El rifle pasa casi desapercibido, pero está ahí cuando el público entra a la dimensión paralela que es el escenario de esta adaptación patagónica de “Tío Vania”, una de las obras más reconocidas del autor ruso de principios del siglo XX. Nada es convencional en esta puesta del grupo de Teatro Casero: no hay escenario elevado, el público se mete directamente en la escena, el living de una casa de campo en el medio del bosque y los actores están constantemente interpelando a los espectadores de una manera u otra.


Las luces bajan y la música clásica invade la oscuridad. Alguien está haciendo andar el viejo piano del Guerrico, ese que hasta hace poco estaba arrumbado y solo producía acordes fantasmagóricos. Los siete actores se juntan alrededor del instrumento, mirando el retrato de quien luego sabremos es el octavo elemento de debate, la mujer muerta del antagonista. Será el único momento en que los veamos juntos, funcionando como una unidad cohesionada, porque durante el resto de la función irán y vendrán, se reorganizarán de distintas maneras pero no lograrán jamás la verdadera armonía.


Durante la próxima hora seremos parte de la historia de “Los gansos”, que es casi sin cambios la misma de “Tío Vania”. En una chacra provinciana y con una familia dividida afloran las tensiones entre el campo y la ciudad, entre la burguesía intelectual y los trabajadores rurales que la sostienen, entre el hartazgo y la búsqueda de opciones. Todo eso en el marco de una cabaña copada por siete personajes que avasallan cada uno a su manera, desde la vulnerabilidad o la fuerza, que están ahí para ser vistos pero también para mirarnos a cada uno de nosotros, los que estamos en las sillas que rodean el escenario. Si la mayoría de las obras propone a los actores como el espectáculo a ser visto, “Los gansos” da vuelta el tablero e interpela a la audiencia una y otra vez. La mirada más fuerte es quizás la de Vania, el personaje principal, que en esta versión es interpretado con maestría por Darío Levin, uno de losdirectores de la obra. Vania es el loco del pueblo, ese que irremediablemente termina alcanzando la mayor de las claridades y desenmascarando la hipocresía de los demás en su espiral imparable hacia la autodestrucción.


La puesta original de Teatro Casero, en su predio de El Bolsón, iba un paso más allá en la inmersión de los espectadores y usaba como escenario una verdadera cabaña en el medio de la cordillera. Allí, ellos también quedaban en pausa, como los personajes que se pasan la obra frenados por el hastío de las pequeñeces diarias hasta que Vania le hace honor la máxima de Chéjov y desenfunda su arma, literal y metafóricamente.


Chéjov no lo sabía, pero sus obras, entre ellas Tío Vania, serían el puntapié inicial de la búsqueda de un realismo aún mayor en el teatro, de lograr que los espectadores se vieran reflejados en los personajes y sus peripecias y así reflexionaran sobre sus propias vidas. Las contradicciones humanas y la lucha de clases que se exacerbaría aún más después de la revolución del 17 saltaron al directo al escenario con la ayuda de Chejov y no volvieron a bajarse.


A más de cien años de su estreno y a miles de kilómetros de distancia de la estepa rusa, en el Areco de octubre de 2017 los rostros barbudos, las camisas leñadoras y las ideas revolucionarias en medio de la Patagonia también invitan a reflexionar sobre la realidad. “Los gansos” es una experiencia en sí misma, pero la realidad a veces entra por los recovecos. En algunos momentos Vania bien podría ser un Santiago Maldonado de hace 100 años en plena defensa de los oprimidos. Cuando termina la obra, ese paralelo nos pega de lleno: después de agradecer a los presentes, uno de los asistentes de producción saca un papel y lo lee con un nudo en la garganta. Se nota que la redacción está emparchada, que hubo que cambiarla hace poquito. Sostiene que el teatro es como una comunidad donde no debe faltar nadie para poder seguir adelante y, donde antes pedía por la aparición con vida de Santiago Maldonado ahora el Teatro Casero clama por justicia y castigo a los encubridores. Un grito necesario pero amargo, casi un llanto colectivo atravesado por Chéjov y por esta enorme interpretación. La realidad y el realismo metidos de lleno en el teatro.

2/11/2017. Daniela Núñez Correa. Área de Prensa Municipalidad de San Antonio de Areco.

gallery/los gansos graznan un rato y se callan - san antonio de areco

"Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar. Está mal hacer promesas que no piensas cumplir"

Antón Chéjov

Fotos: © Gustavo Gorrini